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Por el pintoresco barrio de Haedo los “Dioses creadores” merodean. Esto no se debe a que Haedo sea un barrio donde esta raza abunde, es sino que el irresistible aroma de una jugosa ofrenda por aquí sobrevuela.

Mucho tiempo estos especímenes flamearon arrastrados al compás del aroma.

Sin saber que ésta ofrenda nada tenía que ver con aquellas a las que estaban habituados solía vérselos, impacientes e iracundos, buscar en los rincones la canasta de frutos o el sabroso pastel que tan dulce fragancia emanaba. Cada vez más de ellos hundían sus narices exploradoras en el aire del lugar. La búsqueda no cesó y pronto descubrieron que la fuente de este rico aroma se desprendía de una bonita, cálida y colorida grieta en medio del barrio, y no tardaron en entender que esa ofrenda, diferente a cualquier otra, no era más que un bello espacio para mostrar sus creaciones.

Es desde entonces que suele vérselos pasear por Haedo. Y es ahí en La Grieta donde con ocurrentes, extravagantes y coloridas ceremonias rinden culto a su más sagrado ritual: la expresión artística.




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Sabado 9 de abril

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Presentación 6 de noviembre

El Viento

Pero no hay nada como el viento
de los duros montes, el agua
de riego en los fríos canales,
el espacio inmóvil, la luz
colmando la copa del mundo
y el olor verde de la tierra.

Por eso tengo que volver
a tantos sitios venideros
para encontrarme conmigo
y examinarme sin cesar,
sin más testigos que la luna
y luego silbar de alegría
pisando piedras y terrones,
sin más tarea que existir,
sin más familia que el camino.

Pablo Neruda


Presentación 9 de octubre 2010

Sentado en aquella mesa de bar contemplando la borra de café sólo encontraba sombras. Dos manchas oscuras unidas por otra más delgada. El puente del tedio entre la tristeza y la bronca. Qué otra cosa puede dejar una traición pensaba mientras pagaba la cuenta.
Se colocó el sobretodo gris. Se enrolló la bufanda conteniendo su deseo de ahorcarse. Y se asomó a la esquina pérfida, ventosa, fría…
Lo distrajo un niño que vendía flores entre los autos.
- Che pibe ¿cuánto salen los ramos?
- Tres pesos señor
- Dame todos ¿cuánto es?
- Noventa …
- Tomá
- Gracias por ayudarme Don – le dijo el chico mirándolo a los ojos y agitando los brazos.
Tomó los ramos y continuó su camino. Sabía que no había cambiado al mundo, que le producían revulsión las dádivas pero la sonrisa de aquel muchacho había convertido el hecho en un acto solidario.
Repentinamente sintió como su nostalgia estéril comenzaba a esfumarse para dar paso a una pequeña luz que invadió su mirada.

Nora Ovillo















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